Una imagen del rodaje de la película ‘La Bola Negra’.
Por Fernando Navarro Reyes / Foto: Carla Oset
Más allá del ibérico pecado de destruir colectivamente todo lo exitoso y del pervertido atrevimiento de construir una «verdad única», el resultado del encumbrado estreno del filme La bola negra, de los Javis —Javier Calvo y Javier Ambrossi—, debería valorarse, en esencia y sin pátina ideológica, como lo que es: una bella ficción queer que mezcla creativamente unos hechos de puro teatro dramático con dos vidas imaginarias y poéticas. Lo hace prácticamente sin que el poeta aparezca en pantalla, aunque su presencia sea constante.
La película, no obstante, va más allá de una simple proyección cinematográfica de entretenimiento: es una original fusión de historias, música y poesía, magistralmente dirigida y concebida para estimular la imaginación y la reflexión del espectador. Lo hace incluso a riesgo de no profundizar en el sustrato histórico del relato, o de desvirtuarlo, enfatizando conscientemente lo simulado en su libre creación. De ahí las divergentes respuestas, incluso las críticas envenenadas, en una sociedad como la actual, totalmente polarizada.
La sombra de Lorca planea sobre las más de dos emocionantes horas de celuloide, permitiéndonos viajar del presente al pasado, pero, sobre todo, del pasado al presente. Los Javis, en La bola negra, han regalado al espectador la posibilidad de traspasar el tiempo, de transportar las frustraciones, los desengaños y las miserias de unos personajes imaginarios y enfrentarlos al presente, provocando un sentimiento de representación colectiva y permitiendo que el espectador se convierta en actor a través de la gran pantalla.
Son personajes atemporales que se encuentran con la represión legal, la social y la más dura: la personal. Navegan de una época a otra, generando en el espectador un deseo irrefrenable de libertad, un anhelo colectivo de cambiar el mundo, incluso la historia. Consiguen, según las palabras de la actriz Glenn Close en una entrevista, «sanar el trauma heredado de las heridas horribles que persisten en el tiempo». La película, añade, «es un antídoto contra la crueldad».
Decía Azorín que una generación depura a la anterior, pero intoxica a la siguiente. Han tenido que pasar noventa años desde la muerte del poeta para que los Javis hayan indultado públicamente la homosexualidad de Lorca y, quizá, la de todos, pues ese es el resultado de la película. Y reconforta observar que el perdón colectivo ha tenido una acogida masiva. ¿Puede una película cambiar a una generación y a las siguientes?
La bola negra, sobre todo, viene a mostrarnos como ninguna otra que es imposible separar la creación artística de la condición personal de su autor. La admiración por Federico García Lorca y su obra no puede medirse soslayando, ocultando o reprimiendo su deseo, sus sueños, sus anhelos, sus amores o la frustración que la homosexualidad le generó en su desarrollo personal; tampoco puede ignorarse la influencia de todo ello en su creación como dramaturgo y poeta. No existe un Federico García Lorca fraccionado, segmentado, incluso despedazado.
La citada actriz, Glenn Close, interpretando el papel del hispanista Ian Gibson, dialoga con Alberto —encarnado por el genial Carlos González— en una escena en la que sostiene que no es posible entender ni admirar al poeta sin conocer su condición sexual, sus deseos reprimidos, sus sueños y anhelos; en definitiva, su vida. De ahí la importancia de recuperar la memoria olvidada, de abordar los traumas del pasado y el tabú de su homosexualidad.
Aún más comprometido y contundente en sus afirmaciones se muestra Manuel Menchón, director del documental lorquiano La voz quebrada: «No se puede amputar la ideología ni la homosexualidad».
Y añadimos nosotros: tampoco puede amputarse la libre identidad cultural.
Federico García Lorca rescató el cante hondo de las profundidades de las tabernas, prostíbulos y entrañas de los ambientes marginales y pobres de la España del 29. Integró el cante y la música popular en cada una de sus obras, lo intelectualizó en su famoso primer concurso de cante hondo celebrado en los Aljibes de la Alhambra de Granada. Federico indultó también este arte, elevándolo de tal forma que el flamenco actual es ya patrimonio de la humanidad por la Unesco. Federico lanzó la “bola blanca” para el cante hondo, los Javis lo han hecho para la condición sexual del poeta. Hoy ya es imposible idolatrar al dramaturgo sin estas dos premisas identitarias.
El fusilamiento prematuro del poeta dejó también su obra inconclusa, pero abrió un universo inmenso para la imaginación: lo que escribió o pudo escribir, lo que queda y quedará para la creatividad de jóvenes talentos. Sin embargo, cualquier creación futura ya no podrá enterrar la fuente que brota de su íntimo manantial personal, precisamente de donde nace su inspiración poética y narrativa.
Pese al camino avanzado, bien por caprichos del destino, por desconocimiento o, más bien, por una interesada ideologización cultural del poeta —siempre apropiado por la izquierda hasta convertirlo en su símbolo martirizado, usurpando ese honor al sí representativo Miguel Hernández—, se ha ocultado deliberadamente a lo largo de la historia otro aspecto inherente al yo profundo de Federico: la atracción por la tauromaquia como cultura popular y motor infinito de inspiración en su obra.
Aún hoy, este signo identitario del poeta, que define claramente su poesía, sigue estando oculto, vetado y censurado. Seguramente, y siendo benevolentes, por ignorancia, al asociar la cultura taurina a la derecha gobernante tras su asesinato. Craso error. Estudien simplemente la trayectoria del matador de toros, apoderado y empresario Domingo González Lucas, Dominguín, que se jugó su economía y su vida a favor de la causa comunista en plena guerra y posguerra hasta alcanzar la ruina personal y familiar tras entregarlo todo en la producción de la película dirigida por Luis Buñuel llamada “Viridiana”, quince años censurada por el régimen franquista y por el Vaticano y cuyo negativo original fue sacado de España hacia Francia por el matador de toros albaceteño Pedro Martínez González “Pedrés”, escondido en su esportón entre muletas y capotes.
Lo más triste es que la censura también viajó del ámbito cultural del país al académico, incluso fuera de España. Sorprendida por esa ocultación en los estudios universitarios de literatura, Araceli Guillaume Alonso, catedrática emérita de Filología Española en la Sorbonne Université de París, recordaba que en 1977, cuando se formaba a futuros profesores de español en la universidad parisina, no se hacía alusión alguna a la tauromaquia, pese a su importancia cultural.
Lo explicaba en un artículo escrito para el homenaje que el mundo del toro rindió a Federico García Lorca en 2023, a través del capítulo de Granada de la Fundación Toro de Lidia: no se puede conocer la cultura hispánica si se obvia la cuestión taurina. Y hablamos de una universidad progresista, salida por entonces de Mayo del 68, abierta e inclusiva, donde se discutían temas controvertidos. Sin embargo, ni rastro de toros.
Pero, claro, llegó Lorca con su Romancero gitano y aquel Antoñito el Camborio camino de Sevilla para ver los toros: «Con una vara de mimbre / va a Sevilla a ver los toros». Y también: «El día se va despacio, / la tarde colgada a un hombro, / dando una larga torera / sobre el mar y los arroyos».
Fue ya imposible eludir la alusión taurina del literato: el garbo gitano asociado a la prestancia del torero, el andar despacio como el de un matador de toros. El ocaso se convierte en un capote que el día, cual torero, hace revolotear por los aires en una larga que sobrevuela despacio el mar y los arroyos. Un atardecer amarillo y rosa, como un capote en una larga al viento. Lorca permitió, a pesar de la censura, que por un momento se oyera hablar de toros en el aula, en un alarde de belleza poética. ¿Es posible entender a Lorca sin sus metáforas taurinas?
Durante el proceso de producción de La bola negra, los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi rodaron escenas de atmósfera taurina —con un casting en Granada de novilleros y aficionados— destinadas a reflejar la retaguardia andaluza de la época. Se filmaron planos de jóvenes vestidos de luces, novilleros y subalternos locales contratados como extras. Secuencias que, al parecer, tenían como objetivo enmarcar el ambiente popular de las milicias o el trasfondo trágico y folclórico de la época, que el toreo representa como nadie.
Finalmente, sin embargo, quedaron fuera del montaje definitivo, al descartarse la aparición de la denominada «Brigada de los Toreros». Su lugar lo ocupa tristemente un vestuario taurino apenas perceptible en las cupletistas que acompañan a Nené Romero, interpretada por Penélope Cruz.
Una evidente degradación del hecho taurino en Lorca, relegado al mismo anonimato que sufrió la homosexualidad del poeta como referente de su obra. ¡Qué gran oportunidad han tenido los Javis de indultar al toro lorquiano! De soñar con verónicas de alhelí, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, o camino de Sevilla a ver los toros.
¡Qué gran ocasión para haber rescatado la tertulia «La oración de la tarde», en la que el Lorca más popular y menos elitista se reunía en Granada con el torero Lagartijillo Chico —promotor de la actual plaza de toros granadina—, banderilleros y gente bohemia de la cultura taurina! Allí se nutría de vivencias, anécdotas, conceptos y vocablos que luego plasmó magistralmente en sus obras. Bola negra de los Javis para la tauromaquia lorquiana.
Se acerca 2027, centenario de la denominada generación del 27. Alberti, Villalón, Gerardo Diego, Bergamín, José María de Cossío, Federico García Lorca y, más tarde, Miguel Hernández buscaron su musa poética en la cultura popular taurina, fuente de inspiración y seña de identidad de muchos de ellos. Todo ello con el impulso del gran olvidado: el torero, dramaturgo, novelista, conferenciante y muchas más cosas —entre ellas, mecenas de aquella generación de poetas—, digno de protagonizar una gran película: Ignacio Sánchez Mejías.
Excelente oportunidad la de este centenario para homenajear al destinatario del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Lorca, obra maestra de la literatura española. Inmejorable momento para completar la atrevida aventura de los Javis: una mano inocente y limpia ideológicamente que lance una bola blanca para el Lorca más taurino.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
Ya va siendo hora…